Por Julián Moguillansky,
“En el principio, Elohim creó el Cielo y la Tierra”
Los Oráculos de antaño se manifestaron sobre la membrana que separa lo material de lo inmaterial y, bajo el nombre de Hécate, la soñaron custodiada por perros. Más allá de ella, intuyeron una zona sin dualidad, ni cielo o tierra, ni día o noche; por debajo, un mundo trágico y ciego, cuyo nombre es destino.
El arte de Tedesco, tal como los oráculos, sólo podía darse en la frontera, la interzona de contrabando clandestino entre mundos, zona de jergas pronunciadas sólo a sotto voce. De un lado, arquetipos y arcanos aún no concebidos; del otro, miles de representaciones provisorias; entre ambos, el muro, la cerca y el instante creacional donde cielo y tierra aún no se han divorciado, las zonas intangibles que atraviesan las cabelleras sin rostro de las parcas.
La paleta de frontera es necesariamente la matriz gris-ocrácea que antecede al color, donde aún el conocimiento del color se niega a diluirse por completo en las aguas del Leteo. Existe, en efecto, un color de contrabando, es cierto tono gris-parduzco, secretamente utilizado entre mundos para referirse al olvido y al recuerdo. Los oráculos y mitos han dado miles de nombres a este predecesor del color; Da’ath, Sophía y Conocimiento entre otros; se trata del tono que fluye en las telas de Tedesco.





1 comentarios:
muy bueno!!!!!!!!
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